martes, 20 de enero de 2009

vii


Nunca conocí Gijón. Allí viven sus padres y su tía, a quienes tampoco conocí, aunque me habría gustado. Solía soñar que me aparecía en el pueblo, y pedía referencias a los ancianos, pues sólo concebía gijoneses ancianos. En un bar de luces tenues y pisos pegajosos de sidra la ventana era marco de un cuadro de mar. Dos abuelos casi ciegos balbuceaban asturiano mientras uno mezclaba la baraja y el otro alzaba la botella. Repeticiones y un mayor esfuerzo auditivo me conseguían algún dato puntual. Golpeaba a la puerta y me quedaba mudo mirando a su madre a los ojos, y sin pronunciar palabra ella asentía con la vista y me invitaba a pasar.

No lograba soñar el desenlace. Al despertar imaginaba una charla muda, triste, la madre y la tía en un sofá y yo en un sillón de un cuerpo. Los tres, las espaldas encorvadas y un pocillo de café en la mano. La imagen aquí se detenía y no había forma de darle conclusión.

A su padre no lograba incluirlo en el sueño dormido ni en el despierto, supongo, producto de un concepto sesgado.

lunes, 19 de enero de 2009

vi


El humo se colaba entre mis ojos y las gafas oscuras. No suelo usar anteojos, ni de estos ni de los otros. Ni siquiera los llevo encima normalmente. Se me había dado por hacerlo, y ahí estaba, escondiéndome tras ellos. El cigarrillo temblaba en mi mano, el humo haciendo figuras azarosas. Mi mirada estaba fija en la puerta del baño, y entonces vi salir aquella figura vestida de jeans y remera, un rostro de mujer de colores ostentosos en el pecho, y sus pelos peinados a los apurones con las manos frente al espejo de un baño público. Dejé que se alejara unos metros, delante mío, y regresamos a nuestras butacas. El altoparlante anunciaba la presencia del 19 argentino, entre otros, y el estadio se volvió un estruendo único.

v


Ocho años hace.

Ella vivió en Gracia y Bellaterra, Barcelona; quién-sabe-dónde en Madrid; y algún barrio de Londres que desconozco. Tal vez haya estado por otro lado entre tanto; hace ocho años que no se de ella más que dos palabras anuales de teléfono descompuesto.

Me agrada imaginarla con sus perros y su hijo. No sé por qué sólo visualizo un hijo, probablemente de nombre catalán o inglés, o tal vez ruso. [Algunos nombres pierden su noción gentilicia. ¿Nina es catalán o ruso?]. La percibo feliz. Su marido correcto la despide cada mañana en bata, mientras ella toma el paraguas bordó que hace juego con su traje, y dispara a la parada del autobús sosteniendo sus pelos aplastados en un rodete ficticio.

Sobre el escritorio un lapicero, una agenda y una foto de su niño, secundan un teclado de botones rasgados, que sufren (disfrutan) la pasión que ella vierte en su trabajo. En el cristal de un reloj moderno de mesa se refleja una sonrisa inmensa, que infla sus mejillas e ilumina sus ojos, volviéndola difícilmente imperceptible.

iv


Ya estaba yo ubicado en mi platea cuando entre la multitud me pareció divisar su cabellera, unas filas más adelante. Una más de esas innumerables veces en que un parecido o un aroma engañaba a mis sentidos, como cuando caminando por una combinación entre los subtes C y B sentí el Flower by Kenzo inconfundible, imaginé. No podía estar seguro de que fuera una ilusión o de que realmente se tratara de ella. Estaba yo en su tierra, después de todo.

En los estadios españoles existen más excusas para levantarse de la butaca que ir a un baño mugriento. Vi que hacía un ademán a su hijo, como indicándole que no se separara de su padre, que ella volvería pronto, mientras se levantaba de su asiento. Pidió disculpas a sus vecinos a medida que iba acercándose a la escalinata, y se dirigió hacia la salida que comunicaba con el hall principal de la visera. Me apresuré hacia la escalera y la seguí. Se me antojó pidiendo un pa amb tomàquet en el puesto de sándwiches, aunque ya en el hall la vi en la fila del baño de damas, que al parecer era unipersonal. No podía estar seguro aún de que fuera ella. Pedí un cigarrillo a una andaluza que me miró con cara de odio, pero accedió mientras refunfuñaba algo inentendible. Hacía seis años que no fumaba pero sentí una intensa necesidad de encender un pitillo. Le pedí fuego a la misma andaluza y me apoyé contra una pared de mármol oscuro, a escasos cinco metros en frente del baño. Fumé mientras esperaba que saliera. Quería verla de frente.

iii


Banfield es de esos pueblos secundarios que forman parte de la masa urbana de Buenos Aires, como una prolongación de la misma ciudad, aunque gran cantidad de calles están todavía empedradas en adoquines y no hay demasiados edificios. Uno encuentra garitas de seguridad prácticamente en cada esquina. Las casas tienen rejas y no se ven chicos en bicicleta en el verano, como cuando yo era chico. Los nenes de la cuadra ya no pasan el día en la calle hasta que sus madres los llaman a gritos para cenar; no acaban la cena y salen nuevamente hasta que el opi no pueda diferenciarse de la bolita vecina, ya bien entrada la noche. No juntan maderas de cajón de manzanas para construir la casa Hambow sobre el plátano español más dócil de la cuadra. Ya no. Los ha invadido la inseguridad. Banfield ya no es lo que era, y sin embargo es un barrio apacible y pintoresco.

ii


Tanto más fácil habría sido que se jugara en Porto Alegre. Ocho años de esfuerzo solícito inútil. Pero claro, lo de Porto Alegre era una utopía. No entiendo siquiera como se permitieron pensar que era factible.

Brasileños, argentinos, paraguayos y, contra todos los pronósticos, uruguayos, y un puñado de extranjeros. Eso iba a ser todo. Público nunca más atinado. Pero no. Los sueños insostenibles se truncan. Las mentes engañadas por sus propios deseos terminan lamentando sus fantasías. A quién se le ocurre que iba a ser posible?

Al principio me sentí defraudado, cuando lo supe. Pero después entendí que así habría de ser. De Porto Alegre a Sevilla. Ahora serían gitanos, moros y guiris las mayorías. Los sudacas seríamos el puñado.

i


Ocho años hace.

Yo aun vivo en Banfield, donde pasé la mayor parte de mi vida. Seis años en Adrogué viví, cinco meses en Châtenay-Malabry, al sur de Paris, y cinco en Plaça del Centre, en Barcelona. El resto en Banfield. Vecino de Cortazar fui. Como 30 años antes de que yo pisara Banfield él ya se había mudado a Paris, pero me gusta pensar que fuimos vecinos. Después de todo, hizo relatos acerca de mi calle, que era la suya.

[Influencias de mi madre, que hicieron que me apasionara leerlo, y que provocaron esta jactancia de su vecinazgo: enorgullecerme de mi calle por haber sido la suya, como si el solo hecho de habitar a cien metros de su morada me representara un beneficio espiritual, prosístico o inspirativo.]