jueves, 28 de mayo de 2009

xv


El pitazo final había marcado el triunfo argentino. Una barrera de gente se alzó y entorpeció mi visión y debí pararme yo también para no perderlos de vista. Seguí con la mirada las cabelleras enrulada y la de su compañero, mientras bajaban la escalinata con el paso entorpecido. No podía ver la del nene, su corta estatura lo impedía. El sumidero de la salida recibía la marea de gente e imaginé un remolino que englutía los cuerpos. El abismo me hizo perderlos de vista. No había caso en acelerar el paso, sería imposible alcanzarlos con la mirada nuevamente.

Salí del estadio y decidí que tomar cualquier transporte sería una locura. Me dispuse a caminar entonces en dirección al río. A la altura del Parque de María Luisa decidí hacer una pausa para descansar y disfrutar mis últimas horas en Sevilla.

xiv


Aún recuerdo que mi madre solía acompañarme hasta cuadra y media del colegio, un poco para no caminar tanto, otro poco para que yo me sintiera mayor, caminando ese trayecto por mi cuenta. Cuando ya llevaba uno o dos años en la escuela, me iba sólo todo el tramo, mientras ella me seguía con la mirada desde la esquina de casa hasta perderme de vista.

Volvía a casa con mi hermana y más gentes. Se iba perdiendo la troupe en el camino, aunque siempre había un pobre que vivía más lejos y continuaba caminando sólo. Me quitaba el uniforme -o no, lo cual hacía rabiar a mi madre, sobre todo cuando tenía que coserme los pitucones-, tomaba la leche, hacía la tarea, y me largaba a la calle a treparme a árboles con los vecinos o al partido de bolita nuestro de cada día. No fui un jugador acérrimo, pero mi colección de canícas era interesante. Aún la conservo en mi bolsa roja de lebkuchen, esa que nos daban a los chicos en la cena de navidad del Club Alemán.

xiii


Decido cerrar el libro, pues el roce del pulgar contra el papel me genera escalofríos. La edición es muy mala: hojas lánguidas y rugosas entre tapas de cartón mediocre.

Ojalá fuera domingo, así habría alguien a quien pedir un cigarrillo. No es que vaya a agarrar nuevamente el vicio. Tan solo es uno para pasar el rato.

Me apoyo sobre la baranda de piedra del gacebo con ambas manos y observo el panorama. La sábana de agua perfectamente tendida se arruga de repente con el salto de un pez.

Esta noche emprendo la vuelta. Mañana estaré en mi Banfield de garitas y adoquines. Y tal vez pueda ver a un nene andando en bicicleta de esquina a esquina mientras su madre observa desde la vereda de su casa. La semana que viene quizás visite la fuente de la Plaza Cataluña, para equiparar la balanza.

xii


Imagino cómo pasará el día este pequeño. Madrugará para ir a la escuela. La madre le prepará el desayuno, le dará un beso en la frente y se irá. Su padre lo acompañará hasta la puerta de la escuela, le dará un beso en la frente y no se apartará hasta que el niño haya atravesado el umbral. Volverá a casa de tarde, de la mano de su padre, tomará su merienda, y al cabo de sus dos horas diarias permitidas de PlayStation hará sus deberes escolares. Perderá la noción del tiempo frente a la computadora hasta que su madre lo llame a gritos, que la cena está servida.

xi


El libro habla sobre las naciones españolas y sus costumbres. Me hace gracia leer el capítulo catalán, a ver en qué coincide con mi perspectiva de este pueblo. Narra historias de exiliados catalanes en las gemelas Buenos Aires y Montevideo, y me pone la piel de gallina.

Cuenta que la Font de Canaletes tiene sus hermanas en la Plaza Catalunya de Buenos Aires y en la explanada de la Intendencia de Montevideo. La edición ha de ser vieja, pues el autor desconoce que esta última ha sido trasladada a la zona del Mercado del Puerto, frente a la marisquería El Peregrino.

Resulta extraño que a pesar de vivir en Buenos Aires haya visto más veces las fuentes barcelonesa y la montevideana. Al final de cuentas uno es extraño en su propia ciudad. Suelen conocerse mejor las ciudades en las que uno pasa períodos acotados de tiempo que en la que ha vivido toda una vida.

x


El partido transcurría de manera vibrante. Eso indicaban la marejada de abucheos y arengas que me rodeaban. La multitud enardecida disfrutaba el espectáculo mientras yo no podía despegar mi vista de estas gentes. Cada gesto, cada movimiento acaparaba mi atención. No podía siquiera desviar la vista. En el fondo de mi campo visual adivinaba, borrosa, la cancha. El paso acelerado de algún punto de color intentaba distraer mi concentración, pero el esfuerzo era en vano.